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Wednesday, May 29, 2013

Pensar la educación

Por: Diego Londoño Galeano

“Cada cierto tiempo la humanidad tiende a poner en duda su sistema educativo, y se dice que si las cosas salen mal es porque la educación no está funcionando. Pero más angustioso resultaría admitir la posibilidad de que si las cosas salen mal es porque la educación está funcionando. Tenemos un mundo ambicioso, competitivo, amante de los lujos, derrochador, donde la industria mira la naturaleza como una mera bodega de recursos, donde el comercio mira al ser humano como un mero consumidor, donde la ciencia a veces olvida que tiene deberes morales, donde a todo se presta una atención presurosa y superficial, y lo que hay que preguntarse es si la educación está criticando o está fortaleciendo ese modelo”, William Ospina, Preguntas para una nueva educación.



La educación básica es de interés superior

“Es urgente regresar a la figura del maestro con perfil y deseo de acompañar procesos de formación. Con el justo reconocimiento a casos excepcionales, habría que sentenciar de forma enfática que la docencia no puede continuar siendo el paracaídas de quienes no lograron éxito en otras profesiones diferentes a la pedagogía”, Óscar Henao Mejía.

Algunos profesionales alternan la enseñanza en universidades con la enseñanza en instituciones de educación primaria o secundaria o, incluso, prefieren dedicarse de lleno a transmitir sus conocimientos a niños y adolescentes que a jóvenes o adultos universitarios. En la mayoría de los casos es por simple convicción pero sería interesante invertir la tendencia y que la base de la educación tuviera a los docentes con más alta preparación.

La educación no debería ser un asunto de menor trascendencia en la agenda política. El mismo estado podría desarrollar estrategias para incentivar la presencia de profesionales con maestrías y doctorados como docentes de educación básica. Una posibilidad sería equiparar o hasta sobrepasar el salario que actualmente ellos mismos reciben como docentes universitarios, permitiendo sostener esa estabilidad económica que muchos buscan al dictar clases en la educación superior.

De igual forma, apoyar investigaciones que ellos emprendan y que propicien un mejor entendimiento de las dinámicas escolares y obtener argumentos para modificaciones curriculares pertinentes: el reforzar la investigación no únicamente en el contexto de la educación superior y, con una experiencia de campo directa de magísteres y doctores en la educación básica, sería un aporte considerable para el desarrollo de mejores y más estrategias pedagógicas desde la raíz de los hallazgos de investigadores cualificados.

Lógicamente, el tener ese rango educativo no garantiza la calidad como docentes: ni en cuanto a la suficiencia en los conocimientos ni en la capacidad de transmitirlos en caso de tenerlos. Por eso la estrategia de incentivar su presencia allí debe estar acompañada de capacitación y guía en asuntos pedagógicos.

El profesional de la psicología tiene la gran posibilidad de incidir en nuevos modelos de educación, nuevas formas de impartir conocimientos. La confusión que tiene un joven que recibe en su casa un estímulo por algo que en la escuela le castigan señala una posibilidad: el psicólogo, como puente integrador, debe unificar los criterios y buscar que sean conocidos por los distintos responsables. Ese tipo de contradicciones pueden ser identificadas y puestas en consideración, sin apartarse del secreto profesional en menciones específicas que no sea necesario socializar.

El psicólogo sugiere cambios en discurso, actitudes a reforzar o incluso cuestionar y cómo debe ser coherente el acompañamiento docente- adultos significativos en ese proceso. No hablaríamos únicamente de padres de familia, entendiendo las múltiples formas de conformación actual; sin decir que la familia dejó de existir: la familia es, varían las tendencias de lo que históricamente se pensó como tal, el esquema padre-madre-hijos, donde a veces el adulto que representa esa figura paternal o maternal no tiene lazos biológicos con el sujeto en formación. El trabajo psicológico debe considerar esas múltiples representaciones familiares.

¿Educar en competencias?

En el modelo tradicional nos miden en competencias, exaltan al de mayores cualidades de acuerdo con los estándares establecidos; ponen como ejemplo a ese que se adapta al entorno de regulación establecido en el interior de la escuela, ese que podría tener problemas no tan fácilmente identificables pero que no “afectan” a los demás, al no ser perceptibles a simple vista. Premian a uno, cuando mucho a dos, el mejor por encima de los demás. Un grupo y sus posibilidades de crecimiento son llevados al abismo ante la negación rotunda de posibilidades por no contar con las competencias demarcadas en la ruta unificadora, lo que sí tiene esa minoría: una competencia feroz por ser el “mejor”. 

A la pregunta que plantea Savater de si en la educación se deben preparar aptos competidores del mercado laboral o formar hombres completos, surgen varios interrogantes. ¿Qué tan conveniente es ahondar en las dinámicas de un mundo competitivo, donde el dinero, las posesiones y los excesos son exaltados en detrimento de una mayoría llena de carencias? 

Se nos enseña a competir, algo que no debe ser satanizado con miradas absolutistas que tienden al error, pero sí cuestionado en muchas de sus prácticas que desconocen el cooperar, el vivir con el otro. Para ejemplificar esa evidente ausencia cito al ensayista William Ospina:
“Suena un poco escandaloso pensar que vamos a la escuela a conseguir amigos antes que a conseguir conocimientos, y no puede decirse tan categóricamente, pero hay una anécdota que siempre me pareció valiosa. El poeta romántico Percy Bysshe Shelley, que perdió la vida por empeñarse en navegar en medio de una tormenta en la bahía de Spezia, fue siempre un hombre rebelde y solitario. Se dice que después de su muerte su mujer, Mary Wollstonecraft, llevó a los hijos de ambos a un colegio en Inglaterra, y al llegar preguntó cuáles eran los criterios de la educación en esa institución: “Aquí enseñamos a los niños a creer en sí mismos”, le dijeron. “Oh, dijo ella, eso fue lo que hizo siempre su pobre padre. Yo preferiría que los enseñaran a convivir con los demás”.

Alternativas de posibilidad pedagógica

“Desde allí, sin promesas de estímulos ni la amenaza de que será calificado,  es preciso formar hábitos de vida sana, entre ellos, la práctica de algún deporte, la elección de un hobby, la ejecución de un instrumento musical, el afecto por la lectura, la pintura, la danza, el inicio en la escritura personal, el uso y disfrute de la oferta cultural; en fin, el fomento del “ocio creativo”… Es ese abanico de expresiones el que posibilita que afloren en los individuos esas múltiples inteligencias que ha estudiado Howard Gardner”, Óscar Henao Mejía.

El descanso no es un tiempo muerto o perdido y de allí la importancia de modificar algunas conductas que en ese espacio se refuerzan o, incluso, se crean. ¿Los jóvenes se golpean porque es la única manera de relacionarse? Honestamente, pongo en duda esa afirmación categórica de algunos profesionales, y propondría, en cambio, la participación de los psicólogos con análisis y el establecimiento de estrategias que ofrezcan una efectiva intervención psicosocial.

No hay que subestimar la posibilidad de brindar alternativas de ocio constructivo. Incluso, la enseñanza de un arte marcial, sin dejar de lado el contacto corporal, puede guiar hacia otra opción en esa lúdica espontánea de un descanso escolar. Algunos más osados podrían proponer convertir las clases en conjunto de juegos, sustituyendo o acompañando a la tradicional receta educativa: tablero-tiza-lengua.

¿Se puede enseñar jugando? El juego, como representación de la realidad, ofrece aspectos que pueden ser equiparados con la vida cotidiana. Si hablamos de un juego de conjunto están en juego las condiciones de cooperación, competencia y dependencia que, por nuestra condición humana, aplican a cualquier otra esfera.

Incluso para los profesionales de la psicología un juego puede arrojarles bastantes indicios sobre la personalidad de quien participe en él y así tener visos más claros de cada caso puntual.

Docente, sea creativo

Uno de los aspectos relevantes a considerar para un maestro es el de adaptarse a las condiciones individuales de sus alumnos (y, obviamente, entendiendo el contexto social en el que están inmerso ese grupo), desarrollar la capacidad de ponerse en el lugar de cada estudiante y conocer, de manera individual, sus potenciales.

Es un error suponer que un estudiante tiene capacidades cognitivas inferiores a otros, únicamente basado en que no asimila los conocimientos por los métodos tradicionales. De allí que el formador deba acudir a distintas actividades en las que pueda indagar, con mayor profundidad a si se limitara a una sola e invariable metodología, sobre los potenciales de sus alumnos.

He ahí otra paradójica necesidad social y que se relaciona con las condiciones demográficas: dar educación a la mayor cantidad posible de niños y jóvenes, lo que a su vez implica algunas dificultades para asegurar la calidad. A un docente se le dificulta transmitir conocimientos cuando el número de estudiantes es muy amplio, mientras que con un grupo de pocas personas se amplían las posibilidades de conocer las necesidades y talentos específicos, al igual que verificar los aprendizajes y dificultades de cada uno. Adicionalmente, las posibilidades de desarrollar trabajos grupales se incrementan cuando el número de individuos no es tan alto como se suele ver en muchas aulas, donde se pasa de 40 o hasta 50 estudiantes. ¿Sacrificar calidad por cubrir la totalidad o mayoría? Es un asunto de difícil resolución.

Una escena muy significativa en Le murs fue la final: docentes jugando con sus estudiantes (si bien es una toma que sugiere y no se desarrolla a profundidad). El juego, como escenario propicio para el aprendizaje, permite consolidar las bases de la interacción y qué mejor forma que cuando el profesor pasa del rol de ser lejano a partícipe activo: el efecto de enseñar a respetar normas y reglas, elementos propios de la competencia (incluida la que se desarrolla en un espacio lúdico), es mucho más poderoso cuando se hace por medio del ejemplo que con un discurso.

Un maestro que tenga la sagacidad de guiar dentro del juego con su propia forma de asumir los distintos momentos reforzará asuntos dialógicos que, en otros casos, podrían verse refutados: si el profesor, por ejemplo, promulga la importancia de saber asumir el ganar y el perder pero se altera dramáticamente ante la frustración de verse superado en el juego su discurso carecerá de valor ante las actitudes contrarias expuestas. Un juego es más que un espacio de entretenimiento y su poder pedagógico no debe ser subestimado.

Otro aspecto a considerar tiene que ver con las tendencias actuales enmarcadas por la cantidad de medios audiovisuales que influyen en cómo se accede al conocimiento. Si la manera en que las actuales generaciones acceden a datos difiere de las anteriores es lógico suponer que las estrategias para transmitir conocimientos deben ser revaluadas. ¿Por qué no usar estrategias lúdicas para explicar áreas como matemáticas o física? Incluso el aplicar lo teórico puede darle al estudiante una mayor motivación, al entender su posibilidad de aplicación: una pregunta recurrente en la educación es “¿y eso para qué me sirve?”, cuestionamiento que, en alto porcentaje, puede ser resuelto con algún ejercicio práctico.  

En ese sentido, la transferencia de conocimiento debería ser incentivada al interior de las mismas instituciones educativas: qué tal que un profesor asista a clases de sus colegas de otras asignaturas y mirar qué de sus metodologías puede aplicar a sus propias sesiones.

Generar reflexión y mirada crítica

Si hablamos de psicología aplicada a la educación lógicamente no debe reducirse la mirada al claustro escolar. La educación es un proceso global en el que se involucran la casa, la calle, la escuela y los medios de comunicación: ¿cuál influye más en la formación de un individuo? Habría que evaluar cada caso, según las condiciones particulares y emprender maniobras en las que esa cadena tenga el impacto deseado: una formación que permita una lectura crítica de medios y una interacción con el entorno de barrio o calle con la capacidad de elección de qué tomar o descartar de lo ofrecido allí.

El educador debe generar cuestionamiento, hacer que los estudiantes incluso duden de sus creencias, muchas veces fundadas en juicios superficiales: ¿actúo de determinada forma porque así lo hacen mis amigos o por criterio propio? ¿Por qué me gusta algo y qué criterios tengo para “odiar” sin conocer?

El castigo y la reconvención pública, aparte de un componente regulatorio, contienen un aspecto pedagógico de evidente valor: “el recuerdo de un dolor puede impedir la recaída, del mismo modo que el espectáculo, así sea artificial, de una pena física puede prevenir el contagio de un crimen” (Foucault- 1975).

Esa intención correctiva es perfectamente aplicable al contexto escolar, donde hay que dar algo más que felicitaciones y aplausos: el romper paradigmas es un acto que genera cierto molestar, una incomodidad que abre el espectro de pensamiento. En algunas situaciones el maestro debe hacer llamados de atención públicos que sirvan para la reflexión sobre una actitud específica.

El impacto generado si se hace con el conocimiento del efecto de lo dicho y en el momento oportuno, es mayor a una retórica mención de valores: un valor es una palabra que encierra muchas actitudes, muchas veces eclipsadas o no entendidas con claridad. La ejemplificación de actitudes hace más viable el entendimiento de esos ideales (palabras grandes) como lo que llamamos valores.

Esa advertencia a un estudiante ante un grupo puede, como es natural, ser malinterpretada, por lo que, en las situaciones que así lo requieran bajo el criterio del maestro, debe argumentarse de manera privada al sancionado verbalmente para expresarle el porqué, que puede haber sido confuso en el momento.

El argumentar no es, de ninguna manera, una renuncia al rol de autoridad que corresponde al docente. Por el contrario, el adolescente, en su afán de encontrar los porqués de las múltiples restricciones, limitaciones y normas a que se ve expuesto por los adultos, encontrará en los argumentos (que, en muchos casos, hay detrás del regaño y el llamado de atención público) que validan la acción pedagógica. Al dársele a conocer esos argumentos no se está perdiendo respeto sino lo absolutamente contrario, si se tiene la certeza de contar con la idea estructural de lo que se hace: ganará en respeto al encontrar a un ser capaz de exponer sus razones y, adicionalmente, escuchar las ajenas si bien no sean coherentes con lo impartido desde el ente educativo.

En 2011 Fernando Savater, en una entrevista, nos decía lo siguiente, sobre las capacidades a desarrollar para la interacción: “tenemos que ser capaces de persuadir, de explicar de una manera inteligible nuestras demandas sociales a los otros, y de ser persuadidos, de comprender las demandas sociales que otros os hacen. Y ser persuadidos no tiene nada de malo, hay gente que se siente humillada porque tiene que cambiar de opinión. Es lo propio de los seres racionales: los seres racionales, precisamente porque razonan, razonan para cambiar de opinión si están equivocados”. 

Si se está formando para el desarrollo en sociedad ahí se tiene una inmejorable posición para guiar en la aceptación de argumentos que rompan con los propios. El proceso de aprender es doloroso en muchos momentos y aprender a manejar esa ruptura de constructos constituye un factor nada despreciable en la educación.  

Bibliografía

Ospina, William. Preguntas para una nueva educación. Conferencia de Wiliam Ospina, en el marco de la apertura del Congreso Iberoamericano de Educación, Metas 2021. Buenos Aires, Argentina.

Foucault, Michel. Vigilar y castigar. Editorial Siglo xxi editores. 1975.

Entrevista con el filósofo y escritor español Fernando Savater, en Convivencia escolar: un camino hacia la formación de nuevas ciudadanías. Jornada para la línea socialización de la acción Hinchas por la paz. Medellín, Colombia. 2011.

Henao Mejía, Óscar. Textos del rector de la Institución Educativa Benjamín Herrera. Medellín, Colombia.

Savater, Fernando. El valor de educar. Editorial Ariel. Barcelona, España.1997.

5 comments:

veneno said...

Diego ¿pensás que todas las personas deben ir al colegio?

Dilo said...

¿Cuáles personas específicamente?

veneno said...

Yo hablaba en general. Pero pongámosle apellido a este nombre: tus (hipotéticos) hijos.

Dilo said...

Mis hipotéticos deberían ir, al menos haría lo posible por que sucediera. ¿Los tuyos?

veneno said...

No lo sé. Si algo noté siendo docente es que muchos estudiantes estaban en sus carreras porque sus familias los presionaron hacia ello.

Por otro lado, en el colegio están más pequeños y, entonces, necesitan más guía. Y, personalmente, tuve bastantes inconvenientes en el colegio.

Pero creo que es mejor no obligar a alguien a hacer algo que no quiere.